La localización del color en David Sancho

La localización del color en David Sancho

 

Desde que Eugene Delacroix viajara a Marruecos en 1832 y quedara gratamente sorprendido no solo por la tonalidad trágica de las formas del mundo magrebí, sino también por el arrebato de la luz, muchos han sido los pintores (August Mack, Paul Klee, Louis Moilliet…, también viajeros al norte de África) que además de recoger una interpretación simbólica de ese mundo han llevado a cabo una profunda reflexión acerca del color.
Es en Marruecos, precisamente, donde otro pintor francés (Matisse), en 1911, llega al descubrimiento de lo que ha dado en llamarse la “localización del color”; es decir, la construcción previa del color en el objeto distinto al de la Naturaleza que tanta repercusión ha tenido en el desarrollo de la pintura actual.
Conviene significar que cuando percibimos la forma de un objeto es la mente la que se dirige a ese objeto; sin embargo, en la visión del color es el objeto el que se dirige a nosotros. La forma posee un control intelectual, mientras que el color desarrolla una experiencia emocional. Volviendo a Delacroix, la forma se dirige al espíritu y el color a los sentidos.
Si bien en los collages de David Sancho se aprecia a primera vista un cierto decorativismo que apunta a la cartelería, estos dos elementos que acabamos de mencionar, el color y la forma, constituyen –junto a la representación esquematizada del entorno magrebí– las líneas por donde discurre su última propuesta artística.
Esta obra, por tanto, se concreta en una simplificación formal muy geometrizante que obliga a la utilización de diversas escalas tonales de tintas planas. La oportunidad que ofrece el vinilo, como sustituto de una pigmentación monocromática de fácil ejecución, le ha permitido desarrollar en su composiciones una técnica mixta, cómoda y sencilla, apoyada en soportes de DM que procuran cierta textura necesaria para compensar el exceso constructivista de toda la representación.
El resultado, en todo caso, responde a plasmar (valiéndose de referentes fotográficos) un lenguaje lleno de elementos simbolizadores. El color siempre reclama una respuesta dialogante. De ahí que detrás de su acentuado esquematismo esté la realidad del objeto. El significante en su obra es a su vez el significado. Ambos convergen en una unidad, eso sí esquemática, pero no por eso menos sugerente. Hay, pues, detrás de cada cuadro, una visión poliédrica de la realidad. Esa realidad plasmada desde una óptica comprometida con la esencia del ámbito que representa, esto es: el entorno magrebí donde la luz destellante de los días, la cautivación por lo exótico o la exaltación de los sentidos propende a una plástica esencial. Y todo, sencillamente, porque la tiranía de la luz elimina el volumen y reduce a simples esquemas los aspectos formales de una muy específica visión del mundo.
Ver para sentir.

Antonio Abad